¿Se acuerdan cuando equipar la camioneta era un tour por cinco tiendas distintas? Que si los cauchos en un lado, el sonido en otro y rogando que el mecánico no te dejara un cable pelado.

Bueno, estuve en la inauguración de la nueva sede de Dakar allí en Altamira Sur antes de llegar al distribuidor de Altamira y, más allá de los brindis, lo que hay ahí es una clase magistral de cómo dejar de ser «el chamo que sabe de carros» para montar un imperio del 4×4.
Es una apuesta por la durabilidad en un país que a veces parece programado para lo desechable.





Lo de Dakar no es nuevo, pero lo que inauguraron es otro nivel. Pasaron de un tallercito con dos puentes y tres mecánicos en 2008 a un espacio que parece diseñado para que uno se quiera quedar a vivir ahí.
Esteban, el fundador, contaba con esa mezcla de orgullo y cansancio sabroso que él y su hijo Jonathan empezaron esto cuando el chamo apenas tenía 5 años de experiencia empresarial.
Hoy, con los tres hijos (Joel, Alan y Alejandro) metidos en el guiso, la cosa escaló a una organización que maneja casi 7,000 productos y despacha a toda Venezuela.
Lo que me dejó pensando:
- No es solo vender, es «asesorar»: Jonathan tenía claro desde el día uno que no quería vendedores, sino entusiastas. Esa diferencia se nota. Entras y no sientes que te quieren encasquetar lo más caro, sino lo que realmente aguanta la pela en nuestras carreteras (o la falta de ellas).
- El ecosistema del «juguete»: Tienen planeado instalar simuladores de Fórmula 1 y hasta una pista de carritos a control remoto en la planta alta. Básicamente, un parque de diversiones para adultos mientras esperas que le monten los faros o la suspensión a tu carro.
- Tecnología en el barro: Me sorprendió que, siendo un negocio tan «de hierro», tienen una app para pedidos nacionales y un catálogo digital indexado por modelo de vehículo. En un mercado donde a veces conseguir un repuesto es un acto de fe, que te den data técnica real es un alivio.
Lo más genuino de la tarde fue escuchar a Joel decir que «Dakar es familia».

Suena a cliché de comercial de margarina, pero cuando ves a 106 personas remando en la misma dirección en esta economía, entiendes que la mística es real. No se trata de ser los más baratos, sino de ser los que no te van a dejar botado en el medio de la nada porque la pieza era pirata.
Al final, ver este despliegue de marcas internacionales (australianas, gringas) traídas directo de fábrica es un recordatorio de que aquí todavía hay gente que juega a la excelencia.
Si tienes una camioneta y te pican los pies por irte de ruta, date una vuelta. Eso sí, prepárate para querer comprarte hasta lo que no necesitas.








