A propósito del Día Internacional de las Familias, analizamos cómo Diablitos™ Underwood™ ha logrado sobrevivir a 130 años de apagones, devaluaciones y debates existenciales sobre si la arepa lleva mayonesa o no, consolidándose como el único consenso nacional que une a abuelos, padres e hijos en la mesa venezolana sin terminar en una discusión de WhatsApp.
Sentar a tres generaciones de venezolanos en una misma sala es un deporte de alto riesgo. La abuela Elena quiere escuchar sus boleros o ver la telenovela; Carlos, el hijo, está pegado Twitter (o X, pues, ajá) monitoreando el bajón de luz o el partido de la Vinotinto; y los carajitos, Luis y Sofía, no sueltan el teléfono viendo TikToks con un ‘brainrot’ que uno ya ni entiende.
No se ponen de acuerdo ni en el color del carro.
Pero, brother, que alguien mueva la pestaña de una lata de Diablitos™ Underwood™ a las siete de la noche. Ese sonido metálico, ese clank, es el verdadero llamado de la selva. Es el único cable a tierra que paraliza la casa.
El árbol genealógico del «Resuelve»
Hablemos claro: el marketing gringo inventó el concepto del comfort food, pero nosotros lo perfeccionamos a punta de talco de jamón. La verdad del consumidor venezolano es que somos flojos para complicarnos la vida, pero exigentes con el paladar.
- La vieja escuela (La Abuela Elena): Para ella, el asunto es místico. Es la arepa caliente, sudando mantequilla, saliendo del budare (nada de tostadoras eléctricas raras). Es el sabor de la Venezuela de los años 80, donde todo parecía más simple.
- La generación sándwich (Carlos y Mariana): Para los que andamos corriendo entre el tráfico, el home office y la bendita realidad nacional, esta lata es el «resuelve» supremo. Carlos le mete galleta de soda y picante mientras ve el juego. Mariana aplica el truco milenario: mezclarlo con mayonesa para «estirarlo» y que rinda más, poniéndolo cremoso. Eficiencia pura.
- Los centennials/alfas (Luis y Sofía): Ellos no saben qué es una cuña de televisión, pero saben que el sándwich aplastado en la cantina del colegio con Diablitos™ es el aesthetic definitivo del recreo.
Un ADN que no se compra en Amazon
Lo interesante de estos 130 años de la marca no es la nostalgia barata. Es que en un país que cambia de piel cada cinco minutos, que una lata mantenga el mismo olor y te traslade inmediatamente a la cocina de tu infancia es casi un milagro científico.
No importa si lo comes con pan bimbo, con casabe o directo con el dedo (que todos lo hemos hecho, no se hagan los locos).
Al final, celebrar a la familia aquí no es tomarse una foto perfecta para Instagram. Es entender que el amor viene enlatado, se unta con cuchillo de mesa y se comparte en una mesa donde, por veinte minutos, nadie pelea por la política ni por el internet.








