Mira, yo no soy chef ni pretendo serlo, pero si algo he aprendido viendo a mi abuela y dándome un par de golpes con la cocina, es que cocinar no es solo «echar cosas en una olla» y esperar que el hambre haga el resto.
Es casi como armar un buen prompt para una IA: si no le das el orden lógico y el rol a cada ingrediente, el resultado va a ser un desastre sin sentido.
En Venezuela somos expertos en el «sofrito», esa base sagrada que huele a casa. Pero, ¿te ha pasado que el ajo se te quema y todo el almuerzo termina sabiendo a amargo? Eso pasa porque nos gana la ansiedad.
La lógica del calor (o por qué no todo va al mismo tiempo)
Cada vegetal tiene su «personalidad». Los más duros, como la zanahoria o la cebolla, son como ese amigo que tarda mil horas en arreglarse para salir: necesitan tiempo y fuego lento para ablandarse y soltar su dulzor natural.
En cambio, el ajo es el que llega siempre temprano y se va rápido; si lo dejas mucho tiempo solo en la sartén hirviendo, se achicharra en 30 segundos y te arruina el plato.
Aquí te dejo la secuencia para que dejes de «cocinar por instinto» y empieces a cocinar con criterio:
- Primero la cebolla: Tiene mucha agua. Déjala que sude, que se ponga transparente. Ella construye la base, el «perfil» de lo que vas a comer.
- El ajo va de último: Solo necesita un minuto de fama antes de echar el líquido o el resto de las cosas. Si desprende olor, ya cumplió su misión.
- Las especias se «despiertan»: Si vas a usar comino o pimentón, dales un calorcito breve en el aceite después de la cebolla. Es como darle un café al cuerpo antes de trabajar; activa todos los aceites y el sabor explota.
- El toque verde al final: El cilantro o el perejil no aguantan mucha mecha. Échalos cuando ya apagues el fuego para que el plato se sienta fresco y no parezca monte hervido.
El «Manual de Identidad» de tu cena
Al final, cocinar es como gestionar un equipo o configurar un agente autónomo: tienes que asignar roles. La cebolla es el contexto, el ajo es el acento específico, y las proteínas son la tarea principal. Si mezclas los cables, la comunicación (y el sabor) se rompe.
No hace falta ser un experto de restaurante caro en Las Mercedes para comer bien; solo hace falta un poco de paciencia y entender que, en la cocina, el que corre se quema… literalmente.
A veces el secreto de un buen guiso no es el condimento caro, sino saber esperar a que la cebolla deje de llorar.








